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El Manifiesto de un fantasma
«El Manifiesto no es más que un punto de partida para pensar la actualidad del capitalismo y una sociedad diferente».
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El Manifiesto de un fantasma
«El Manifiesto no es más que un punto de partida para pensar la actualidad del capitalismo y una sociedad diferente».

El 21 de febrero de 1848 fue publicado el Manifiesto del Partido Comunista, el primer documento programático de una clase social emergente: el proletariado. La Liga de los Comunistas, una asociación de obreros y artesanos con sede en Londres, encargó a Carlos Marx y a Federico Engels su redacción. En la interpretación de Rubén Jaramillo Vélez, el Manifiesto «es –a su vez– un pequeño tratado de sociología política que alberga una genuina reflexión sobre el desarrollo de la historia en la modernidad».

En el documento, sus autores ofrecen un análisis minucioso del surgimiento del capitalismo, subrayando el papel revolucionario de la burguesía. La sustitución del taller, la aparición de la empresa y la irrupción de la maquina de vapor son algunas de las innovaciones desarrolladas por los capitalistas para su propio beneficio. En miras de producir y conquistar los mercados con mercancías, los burgueses operaron los cambios necesarios y pertinentes para acelerar y maximizar la fabricación de bienes y obtener la mayor tasa de ganancia.

Asimismo, el Manifiesto determina los propósitos de los comunistas, esclareciendo el papel de la propiedad individual; precisa la importancia del poder político en la realización de sus objetivos, caracteriza a los trabajadores como clase dominada, explotada y llamada liderar la transformación del orden existente, y enumera unas posibles medidas orientadas a garantizar el transito al socialismo; en suma, ofrece una ruta para la acción del proletariado.

Si bien estos planteamientos están sometidos al paso del tiempo, la elaboración de Marx y Engels tiene un mérito amparado en una concepción materialista de la historia. El curso de las sociedades está signado por una serie de dinámicas contradictorias. El capitalismo no es la simple síntesis de un enfrentamiento entre la decadencia señorial con sus feudos y siervos, y la naciente burguesía; es el resultado de un esfuerzo por llevar al límite los instrumentos de trabajo, las formas de elaboración de mercancías y las relaciones sociales para lograrlas. Las subjetividades, en esta lógica, no son los motores de la historia, sino un derivado de dichos cambios.

Igualmente, el Manifiesto tiene otra virtud. Pese a la experiencia del «socialismo realmente existente», que no logró llevar a buen término las aspiraciones programáticas de los comunistas, este documento brinda un horizonte estratégico para quienes resisten y aspiran a un orden no capitalista. En estricto sentido, las medidas contenidas presentan límites, pero expresan una coherencia con una forma de concebir la sociedad. Sobre esta base, el Manifiesto no es más que un punto de partida para pensar la actualidad del capitalismo y una sociedad diferente, cuyo rasgo distintivo sea la realización del conjunto de potencialidades humanas sin que estén basadas en la explotación de unos por otros.

A más de 170 años de su publicación, el programa de los comunistas constituye el culmen de una ruptura, como lo interpreta Jaramillo Vélez. 1848 fue un años de revoluciones, que hicieron posible el protagonismo de los trabajadores en al disputa por una nueva sociedad. El Manifiesto otorgó la claridad y el impulso necesario para esto, dotando de elementos teóricos y argumentos al proletariado. Hoy por hoy, esta fuerza no es la misma, pero el documento encubre un sentido trascendental: la transformación de la sociedad es estructural y pesando para la realización de la humanidad.

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