Santos traidor… ¿De quién o qué?

La pataleta del ex presidiario con eso del «Santos traicionero» ha sido y es una cortina de humo para mantenerse en la vida política, influir en esta y venderle a los colombianos una supuesta amenaza en cabeza de la insurgencia desarmada, sus simpatizantes y los herederos de su historia y legado de lucha.


El ocaso del 2021 trajo consigo un anochecer convulsionado para Colombia. El ex-presidente Juan Manuel Santos Calderón, quien fue por años la mano derecha del controvertido ex presidiario Álvaro Uribe Vélez, le dirigió una carta abierta a su amigo de decisiones macabras, andanzas sobre huesos y carne putrefacta, y de brindis sangrientos. En esta le pidió que «dejaran de pelear»: eso «tenía cansado a los colombianos». Estas declaraciones tuvieron un sinfín de reacciones a favor y en contra. En Twitter (donde se publicó la carta), los amigos del ex presidiario se hicieron sentir. Al mal llamado «Nobel de la paz» no lo bajaron de «traidor» y/o de vende patria. No obstante, a Santos hay que llamarlo así por su traición al acuerdo firmado en La Habana entre su gobierno y la insurgencia de las FARC-EP, y no precisamente por traicionar a Uribe, como lo quieren hacer creer.

Santos es de una familia influyente en la política. Él fue Ministro de Defensa en el gobierno del que hoy es su «enemigo», además gran responsable en los «falsos positivos» y fiel seguidor y heredero de las políticas de la nefasta Seguridad Democrática, que su predecesor impuso a «sangre y plomo». Con su cara de «Yo no fui», se ganó la complacencia del pueblo colombiano para traicionar la tan anhelada paz; no solo con su indiferencia frente al plebiscito, sino por «acabar» moralmente a la guerrilla más antigua del continente.

El 11 de noviembre del 2011, Juan Manuel Santos, con bombos y platillos de la manera más despiadada y sanguinaria, confirmó la muerte del número uno de las FARC-EP. Asesinado a sangre fría, indefenso y herido tras el bombardeo de la «Operación Odiseo» fue mostrado –cual trofeo– el cuerpo frío y destruido de Alfonso Cano. Esta fue la primera gran traición a la paz, ya que con la muerte de Guillermo León Sáenz Vargas, quien adelantó diálogos secretos con el gobierno, murió la semilla de la paz. Cano, quien levantó las banderas de Manuel y Jacobo, tuvo claro el sueño del pueblo colombiano, el cual puso por años los muertos y bañó los campos de sangre con sus hijos e hijas. De una u otra manera, esto afectó a la guerrilla y ayudó a desmoronar un esfuerzo de paz con justicia social.

Después del revés del plebiscito, Santos continúo con su papel de traicionero con la paz. En vez de agilizar la implementación de lo pactado, en su comportamiento sobresalió la dilación, el enredo y el desentendimiento. Sin embargo, y ante la opinión pública, el hombre del «Nobel de paz» quedó como adalid, así su ex presidiario le hubiese dicho que le «entregó» el país a las JAR, que le dio la espalda a las víctimas y a todos los que creyeron en él.

A propósito de la supuesta captura de Darío Antonio Úsuga David, alias «Otoniel», queda claro el tiramiento que el régimen y sus representantes les dan a sus adversarios. Mientras Santos dio la orden de asesinar a Alfonso Cano, Iván Duque actuó benévolamente con «Otoniel»: en vez de ultimarlo, optó por extraditarlo para que su versión se quede encerrada en las paredes de alguna prisión de alta seguridad de EE.UU., posando de humanista con mano fuerte y corazón grande… en fin: la hipocresía.

Esto lo único que revela es la inexistencia de traicioneros de Uribe. Santos no le entregó el país a la guerrilla, como lo dijo el señor «masacre»; lo que hizo fue desarmarla propinando certeros golpes. Duque ha sido fiel a su máximo jefe. Él no asesinó a sus aliados. La pataleta del ex presidiario con eso del «Santos traicionero» ha sido y es una cortina de humo para mantenerse en la vida política, influir en esta y venderle a los colombianos una supuesta amenaza en cabeza de la insurgencia desarmada, sus simpatizantes y los herederos de su historia y legado de lucha.