Nuevos rostros, viejas formas de hacer política

Todo lo sólido se desvanece en las urnas

~ Raúl Zibechi


Diferentes expresiones políticas, académicas y medios de comunicación perfilan las elecciones venideras como la posibilidad más significativa para el cambio político que requiere Colombia. En este escenario, poco o nada se advierte sobre el poderío que ejercen las castas políticas tradicionales sobre las instituciones judiciales y electorales para facilitar el fraude electoral, mantener el país en la corrupción y perpetuar la arbitrariedad como forma de gobierno bajo la Doctrina de Seguridad Nacional. Este panorama nos convoca a cuestionar los sufragios electorales como mecanismo de transformación política en el actual contexto, y a perfilar los desafíos que atraviesan las sociedades en movimiento en su tránsito hacía la posibilidad de construir un Nuevo Gobierno Democrático desde abajo.

En el transcurso del primer semestre, el país experimentó de forma inédita la jornada de movilización más importante de la historia reciente por su carácter disruptivo a todo orden establecido. Se afirma que los hechos históricos que anteceden a las acciones desarrolladas a partir del 28 de abril, desembocaron en una verdadera rebelión social, como lo plantea el profesor Jairo Estrada; los cuales trascendieron, no sólo la expresión de acción y movilización de los de abajo, sino ubicó en las agendas de los manifestantes las irresolubles problemáticas que no han sido superadas tras más de 60 años de confrontaciones sociales, armadas y políticas.

La posición de común acuerdo, exceptuando algunas salvedades al interior de los espacios de participación en las asambleas populares territoriales, es que los pliegos programáticos liderados por los sindicatos y organizaciones sociales o de izquierdas, no son la herramienta suficiente para atender las demandas de quienes resisten en las calles y, mucho menos, avizoran posibles negociaciones. Esta ruptura con los mecanismos tradicionales del hacer político en medio del paro y la movilización, cuestionan las representaciones de las centrales sindicales, partidos políticos y organizaciones sociales adheridas al Comité Nacional del Paro. En otras palabras, quienes se mantienen de píe en las calles y carreteras no sienten que sus sueños estén consignados en los pliegos de exigencias y mucho menos en las vocerías delegadas. De allí la expresión manifiesta de “no nos representan”. Por consiguiente, se hace necesario proyectar un rumbo diferente de país al proyecto neoliberal salvaguardado en la Constitución Política de 1991, carta magna hija de la tradición dictatorial en América Latina.

Como mecanismo de salida a la crisis política que atraviesa el país, fuerzas sociales y alternativas vislumbran en la contienda electoral la solución a la tragedia por la que atraviesa la nación: ya no serían las armas como en otrora se convocaba para la salida a las crisis política en el marco de los conflictos de liberación nacional, sino que ahora son los votos en las urnas, la llave mágica para la anhelada liberación de nuestros pueblos.

Este intento desesperado, parafraseando el adagio popular de querer agarrar el toro por las cuernos, desconoce un hecho histórico: los del común y corriente confrontan el modelo neoliberal bajo diferentes repertorios de protesta anti-colonial y en contra de todas las formas de criminalización de la acción y la movilización. Tal desconocimiento por parte de los electores y su maquinarias, buscan capitalizar el descontento popular para re-direccionar las apuestas hacía las urnas. Allí radica la necesidad de cuestionar las elecciones. Estas en sí mismas no son el problema en una democracia verdadera, sino en quienes se perfilan como posibles candidatos y candidatas que tienen por bandera defender a capa y espada una Constitución Política cuyo espíritu en esencia es Neoliberal, tal como lo señala Piedad Córdoba. Hasta el momento todas las opciones políticas electorales de las derechas, centros, izquierdas, alternativas y progresistas, a raja tabla defienden la Constitución Política garante de derechos en el marco de nuestra República Parlamentaria, pero lejos de representar una democracia real, directa y radical. Por más que aparezcan nuevos rostros, sus prácticas  están ancladas a las viejas formas de hacer política, esas formas que cuestionan los manifestantes en las calles.

Ante estos hechos, no son menores los diferentes desafíos de los de abajo, incluso atender como desafío los disensos al interior de los movimientos; solo por el momento expondremos uno de ellos, no como desafío a enfrentar, sino como posibilidad. Esa vía alternativa es perfilar un Nuevo Gobierno Democrático integrado por Juntas Populares Autónomas, cuyo objetivo sea resolver los problemas cotidianos del común por medio de la creación de Planes de Vida Sostenibles en los territorios de esperanza y rebeldía; esto es debido a que el Estado se ha negado atender las necesidades del común porque su dominación a los de abajo ha garantizado la reproducción insostenible del modelo neoliberal. La posibilidad de construir un Nuevo Gobierno, que en términos de los Zapatistas sería el Buen Gobierno, debe estar mediado por el dialogo abierto, sincero, participativo y democrático, trascendiendo el afán de la representación para priorizar los mecanismos populares de participación. Estos diálogos permiten cuestionar el modelo de desarrollo para crear mundos posibles, país posible.

Como es sabido, en el proceso de diálogo y negociación para la firma del acuerdo de paz entre las extintas FARC-EP y el Gobierno Nacional, un condicionante fue no discutir el modelo de desarrollo imperante. El Ejército de Liberación Nacional (ELN) en sus intentos de dialogo con el gobierno manifestó la necesidad de abordar el modelo de desarrollo en sus negociaciones. Como es bien sabido, al igual que en los diálogos de paz con las FARC, el acuerdo con el ELN no ha llegado a buen término. Es una necesidad imperante que desde abajo, en proyección hacía un Nuevo Gobierno, popular y rebelde, no solo se cuestione el modelo de desarrollo, sino se cree una agenda de acción para confrontarlo multidimensionalmente. Ya no está sobre la mesa del gobierno y en las insurgencias el dialogo, sino que están en los proyectos y en los procesos populares del común. Un camino posible con todos sus desafíos es la necesidad de crear poder desde abajo bajo lógicas populares autónomas, distantes a las estatales, patriarcales y coloniales. El dialogo sincero siempre será la ruta como hace un tiempo se promulgó en el Encuentro Nacional de Comunidades Campesinas, Indígenas y Afrodescendientes en Barrancabermeja, Magdalena Medio.

Como estas propuestas, existirán muchas en el corazón de nuestros pueblos, por eso el dialogo, el debate, la deliberación y por sobre todo la creación debe ser una posibilidad que priorizar. Estoy seguro que atender la crisis política a partir de la defensa a ultranza de la constitución política del 91 en las urnas no es la garantía para salir de la crisis política por la que atraviesa el país. Es momento de crear mundos posibles cuyas raíces atiendan las necesidades de nuestros pueblos, es momento de servir al pueblo, mandando obedeciendo como dirían las comunidades Zapatistas.

Rafael Aguja
Rafael Aguja
Sociólogo, conspirador y pesimista; amante del rock extremo, militante de la vida cotidiana y soñador de causas perdidas. Odio la competencia y lucho por la dignidad de los pueblos de nuestra América.