La apariencia no es todo. El contenido es importante

Una ubicación en un espectro de izquierda no resulta rentable en el momento actual. La gente de a pie la valora a partir de sus cualidades negativas. Esto supone una necesaria innovación a riesgo de sacrificar la esencia. Aunque los alternativos juegan del lado de la justicia social, sus proyectos no están necesariamente inspirados en la transformación estructural. Una de las causas, por no decir la principal, es el debilitamiento de su correlación de fuerzas, lo cual ha implicado –así no lo quieran– una renuncia a sus principales banderas cambio.


Con el nuevo milenio aparecieron nuevas etiquetas en el espectro político. La oposición colombiana no estuvo exenta. En los primeros años del siglo XXI, algunos de sus líderes acuñaron el término de izquierda democrática para zanjar una diferencia con la izquierda con vocación revolucionaria. Años más tarde, la primera adoptó el nombre de oposición democrática. Mientras tanto, la segunda tendió a autoreferenciarse como simple izquierda. El acuerdo de paz de 2016 y su parcial implementación decantó la izquierda democrática como oposición y a la izquierda como alternativa.

A simple vista, esto parece un juego de palabras. Desde el ángulo de un desconfiado, este tipo de “transformaciones” es un puro reencauche. Sin embargo, los cambios de denominación no han funcionado como simples lavados de fachada. Estas etiquetas han guardado correspondencia con una determinada correlación de fuerzas. En la medida en que una expresión de la izquierda colombiana ha sido fuerte, ha mantenido su denominación o la ha impuesto a otras; cuando ha estado débil o ha afrontando una crisis, ha optado por el cambio.

La irrupción del Frente Social y Político (FSP) a finales de la década del 90 consolidó una izquierda con perspectiva revolucionaria. Su programa político recogió unas reivindicaciones de orden estructural. La eliminación del latifundio constituyó una bandera de primer orden para las organizaciones del frente y una condición sine qua non para la superación del conflicto armado colombiano. Esto proyectó el FSP como una fuerza de izquierda radical.

El ascenso de Álvaro Uribe en 2002 abocó a una reconfiguración de la oposición. La distancia por la que optaron algunas expresiones de tipo socialdemócrata con respecto al FSP hizo posible la aparición del Polo Democrático Independiente (PDI), es decir de una izquierda no tan radical en su programa. Aunque recogieron otras manifestaciones de la oposición, su proyecto de cambio se inscribió dentro de una apuesta no propiamente revolucionaria. No obstante, el Estado Comunitario levantado sobre la seguridad democrática de Uribe y su ofensiva neoliberal llevaron al FSP y al PDI a encontrar varias coincidencias. Hacia 2005, esto sirvió de sustrato para la consolidación del Polo Democrático Alternativo (PDA).

El Polo, como sigue siendo conocido, agrupó una variedad de tendencias de la oposición colombiana. Desde los revolucionarios pasando por la izquierda democrática hasta los keynesianos encontraron en el PDA una opción política. Sus apuestas convergieron alrededor de un programa mínimo, cuyo alcance contempló un proyecto de cambio a través de transformaciones parcialmente estructurales. A este respecto, el problema de la tierra quedó pendiente desde una perspectiva radical. Por ende, el Polo estuvo revestido de una aureola democrática, la cual –años más tarde– amalgamó la oposición democrática en Colombia, como en algún momento una de sus tendencias lo proclamó.

El arrinconamiento experimentado por esa izquierda revolucionaria encontró hacia 2010 una inflexión. El despunte de la movilización social y de un movimiento popular abanderado de la solución política y la paz abrieron un campo para los revolucionarios. Sus elaboraciones en torno al problema de la tenencia de la tierra, la distribución del ingreso y otras banderas de orden estructural encontraron un eco importante. Incluso, la discusión abierta por los diálogos entre las antiguas FARC-EP y el gobierno de Juan Manuel Santos abonaron el terreno para una reaparición de los radicales. Sin ambages, varios líderes y organizaciones no titubaron en declararse de izquierda.

La perfidia gubernamental y estatal para con la implementación de lo acordado con las antiguas FARC-EP desaceleró el ánimo revolucionario del momento. Las posibilidades de un salto cualitativo en las luchas junto al debilitamiento de las organizaciones jugaron en contra de los planteamientos de izquierda. El desdibujamiento de las esperanzas de justicia social proyectó el discurso de la oposición democrática y llevó a una encrucijada a los radicales. Como la paz dejó de implicar los réditos que una vez auguró, un necesario cambio se volvió necesario. Por esta razón, los revolucionarios, algunas expresiones de la izquierda democrática que entraron en conflicto con sus principales tendencias y uno que otro despistado optaron por autoreferenciarse como alternativos.

En 2018 floreció el bloque de los Decentes y la Coalición Colombia. Si bien ambas guardaron alguna distancia con el oficialismo, el carácter y alcance de cada una cambió. Las salidas radicales a los problemas estructurales del país cedieron terreno. La necesidad de sumar electores desplazó el debate programático y el problema de la etiqueta apareció. La oposición desapareció y la izquierda enmudeció. “Nuestro candidato no polariza”, dijo una de las voces distante de las denominaciones. “Nosotros somos alternativos”, dijo un avergonzado de su pasado de izquierda. Así cerró la última contienda electoral en Colombia, con una oposición posando de alternativa y, al parecer, intentando desprenderse de su tradición de revolucionaria.

Para los alternativos, esta inscripción parece haber perdido importancia. Una ubicación en un espectro de izquierda no resulta rentable en el momento actual. La gente de a pie la valora a partir de sus cualidades negativas. Esto supone una necesaria innovación a riesgo de sacrificar la esencia. Aunque los alternativos juegan del lado de la justicia social, sus proyectos no están necesariamente inspirados en la transformación estructural. Una de las causas, por no decir la principal, es el debilitamiento de su correlación de fuerzas, lo cual ha implicado –así no lo quieran– una renuncia a sus principales banderas cambio.

El presente no es sencillo. El capital está en vía de restructuración sin oposición y/o resistencia mayor. La salida no puede ser camaleónica. Una apuesta de cambio exige de una elaboración programática de largo aliento y en atención a un proyecto histórico, de un compromiso ético de sus promotores y de unos desarrollos práctico-concretos. Las autodenominaciones no son determinantes. Lo verdaderamente importante es refrendar la etiqueta en el marco de una praxis consecuente y coherente.

Juan Bermúdez
Juan Bermúdez
Estudioso de la pedagogía, la educación, el lenguaje y el discurso; apasionado por la política y los problemas sociales. Ocasionalmente, docente enfocado en los procesos de lectura y escritura, así como en los métodos y las metodologías de la investigación. En los ratos libres, educador popular en comunidades indígenas y campesinas.