Izquierda desdibujada y ruptura necesaria

«La crítica aguda, sin contemplaciones, zigzagueos oportunistas ni vacilaciones timoratas, que señalan y arremeten contra las fundaciones Ford, Farfield, Kaplan, Rockefeller o Carnegie y otras “tapaderas de la CIA” (…), no ha pasado de moda. Porque aunque las formas de penetración y construcción de la hegemonía cultural, manipulación de la opinión pública y reclutamiento sofisticado –donde el empleado o la empleada, seguramente con apellido prestigioso, no sabe exactamente de dónde proviene el dinero de sus becas y viajes y tampoco se preocupa mucho por preguntar– no han desaparecido de escena» (Kohan, Hegemonía y cultura en tiempo de contrainsurgencia «Soft», 2021).


Durante 16 años atestigüé el desarrollo de varios movimientos sociales y populares en Colombia. A diferencia de las ficciones presentadas en Back to the Future, el nuevo siglo me mantuvo anclado a una conflictividad social y política. A lo largo de este período presencié, acompañé y registré variadas acciones de protesta, las cuales –de conjunto– dibujaron una curva ascendente en la vida nacional. Infortunadamente, algo pasó. A partir de 2017, esta experimentó un descenso vertiginoso. El movimiento popular que una vez irrumpió en el país sufrió una desaceleración.

¡Claro! A lo largo de esos años, los referentes organizativos de esos movimientos eran robustos ideológicamente. En sus formulaciones brotaba una vocación de cambio estructural. El movimiento obrero no sólo procuraba el mejoramiento de los salarios de los trabajadores, también estaba en resistencia a la flexibilización laboral, la privatización de la empresas estatales estratégicas y en defensa de la deteriorada producción nacional. El movimiento campesino, indígena e insurgente reclamaba la distribución de la tierra concentrada en pocas manos, exigía condiciones para su productividad y se atrincheraba en la defensa de sus territorios para contrarrestar las dinámicas del capital. Los estudiantes insistían en la financiación estatal de la educación pública como garantía de realización plena de su acceso y permanencia. Los intelectuales de izquierda proporcionaban comprensiones e interpretaciones acerca de las tendencias y configuraciones del capitalismo en Colombia. Los referentes políticos contemplaban en su agenda la solución de las causas originarias del conflicto armado colombiano. En suma, las acciones, propuestas y programas guardaban una íntima relación con cambios de fondo y en sintonía con un proyecto de largo aliento.

El apego a una tradición teórica de carácter revolucionaria hizo posible este período esplendido en la historia reciente de la lucha de clases en Colombia. Pese a los embates derivados tras el derrumbe del socialismo realmente existente, la esperanza no desfalleció: «el fin de siglo anuncia una vieja verdad…», decía un tema musical de Gerardo Alfonso compuesto con motivo al XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. El triunfo del comandante Hugo Chávez Frías en Venezuela y el rescate del legado de Simón Bolívar fueron trascendentales para una parte de los referentes populares y revolucionarios del continente. Incluso, el auge de los gobiernos democrático-populares en algunos países de Nuestra América complementó esta hazaña. El ambiente en el vecindario era propicio para la utopia. Todo esto alimentó ideológica y moralmente las fuerzas populares del país. La posibilidad de un cambio no fue remota.

Empero, los contradictores no se quedaron quietos. En especial, el imperialismo norteamericano mantuvo su ofensiva contra los focos de resistencia y contrapoder en Nuestra América. Si bien la faceta más conocida de esto fue la militar, Washington empleó otras técnicas (tácticas) de lucha. Sus gobiernos comprendieron que el Plan LASO de la década del 60, que comprometió el ataque a Marquetalia en Planadas-Tolima; y que el Plan Colombia, iniciativa contrainsurgente y paramilitar iniciada con el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), no bastaban para contrarrestar el avance de unos proyectos de cambio fundados en referentes ideológicos férreos. Por esto, su acción se ensanchó y comportó la elaboración y producción de ideologías, de teorías, de tendencias intelectuales, académicas y artísticas; y de estilos de vida. El propósito: minar los cimientos de las esperanzas en marcha.

La CIA tiene una responsabilidad relevante en esta misión. Gracias a las películas de James Bond, consideré erróneamente que este organismo estaba dedicado a la inteligencia. Néstor Kohan en su libro titulado Hegemonía y cultura en tiempo de contrainsurgencia «Soft», es certero al presentar otra faceta de la central. La recolección, procesamiento e interpretación de información, así como la planificación y ejecución de planes de saboteo, dejó de constituir su fuerte a partir del 70-80 del siglo pasado. El reclutamiento de académicos e intelectuales en función de proyectos ligados a la comprensión del comportamiento humano a nivel individual y social, al análisis de las formas de procesamiento de la información, al conocimiento de los espacios a nivel micro y otros asuntos, fueron objeto de trabajo de la agencia. El resultado: un desarrollo significativo de las Ciencias Sociales y las Humanidades, pero desde perspectivas sesgadas y en detrimento de la acción colectiva transformadora y revolucionaria. La CIA explotó el fraccionalismo y la individualización para frenar las insurgencias y los proyectos de cambio.

La intensidad del conflicto armado en Colombia y la lucha por su salida política y la paz con justicia social, blindó a los movimientos y organizaciones populares ante la amenaza ideológica gringa. En el país, hasta hace algunos meses, me pareció que el curso de la lucha estaba al margen de todo esto. No obstante, y de forma soterrada, las elaboraciones de la CIA hicieron carrera en diferentes organizaciones y liderazgos.

Con la ejecución del Plan Colombia despuntó un tipo de injerencia en el quehacer de las organizaciones sociales y populares en el país. Su componente no militar o social contempló unos dineros que en alguna medida incidieron en sus agendas. Por ejemplo, estos financiaron iniciativas contra la guerra (contra la insurgencia), y a favor de la ejecución de proyectos de acción cívico-militar; asimismo, auspiciaron la exploración de una nueva generación de temas y problemas asociados al ambientalismo, el animalismo y los derechos de las mujeres.

Años después, una parte de la academia colombiana, al introducir las aportaciones logradas por las Ciencias Sociales y maduradas por la CIA, desorientó la praxis contestaria y revolucionaria de las organizaciones. De a poco, fue introduciendo la intervencionitis como parte de sus prácticas, al igual que la gestión de proyectos dirigidos a la cooperación internacional y la ejecución de acciones asistencialistas y sustitutas del papel del Estado. La vocación organizadora y movilizadora de la actuación colectiva se fue desdibujando. Así apareció una generación de tecnócratas enquistados en las organizaciones sociales y populares, y al margen del movimiento real en el que estas estaban insertas.

Esto encontró un complemento y un culmen en el apogeo de la cooperación internacional, en la penetración de organizaciones «filantrópicas» y en una gama de ONG’s dedicadas a reproducir la agenda temática de la CIA. Con estas aparecieron las convocatorias para obtener subvenciones y becas, cuya misión ha sido promover el trabajo en defensa de los DDHH y la democracia, impulsar la adopción del enfoque de género, alfabetizar en la inclusión social, auspiciar la defensa de los recursos naturales y la protección del medio ambiente, estimular la sensibilización frente a las violencias, entre otros asuntos; en otras palabras, irrumpió una técnica de control consistente en poner a disposición unos recursos para la ejecución de un proyecto, cuyo tema está previamente definido y sin relación con un eje trasformador de orden estructural.

Las presiones impuestas por estas dinámicas distanciaron a los referentes del movimiento popular de sus reivindicaciones iniciales. De la mano de esto, el brillo deslumbrante de la paz en 2016 condujo a algunos cercanos a valorar la implementación de los componentes del Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto Armado en relación con la gestión de proyectos. A otros los llevó a reconsiderar la justeza de sus reivindicaciones, porque dicho acuerdo las iba a superar; por lo cual, el acento debería estar en otros asuntos derivados de unos problemas nunca antes explorados o vinculados con la agenda inoculada por el imperialismo. A los indiferentes frente al conflicto colombiano y la paz, el nuevo panorama los llevó a poner la atención en otros aspectos, que ya no confrontaban a los gobiernos y sus políticas, sino que eran transversales a los grupos, colectividades y dinámicas sociales (racismo, interculturalidad, machismo, exclusión, etc.).

Las protestas de 2019, 2020 y las del presente año proyectaron otro curso. La agenda posicionada por el imperialismo norteamericano, me pareció, sufría una que otra inflexión. Las movilizaciones dibujaron unas reivindicaciones semejantes de la de inicio de siglo. En la palestra pública apareció un cuestionamiento al esquema de financiamiento de la educación basado en el subsidio a la demanda, figuró la reestructuración de la Policía y hasta la renuncia de Iván Duque. Infortunadamente, la conducción timorata y sin vocación de poder del sindicalismo patronalista desaceleró los estallidos populares y sus alcances; asimismo, facilitó el reencauche de la despreciada agenda imperialista. Esto llevó a considerar que el principal problema no estaba en las estructuras y los mecanismos implementados por el bloque de poder real para imponer su proyecto de sociedad, sino en el papel de los individuos y sus roles dentro de las organizaciones y los movimientos.

Al volver sobre este pasado reciente, veo como una atomización fue operada en la acción colectiva que se levantó en Colombia desde el 2000 hasta el 2016. En el presente, la grupería inscrita en la oposición o de corte «alternativa» ya no se reconoce dentro de un espectro de izquierda. Quiere ser todo y nada a la vez. Aspira a quedar bien ante todas y todos, tratando de ensamblar lo encajable. Algunos le llaman a esto progresismo. Esto no es más que un tipo de eclecticismo (mezcla sin principios o de principios antagónicos), que no supone un proyecto de largo aliento y se funda en la premisa de la política real.

La salida a esta aparente sin salida no sólo está en la recuperación de unos cimientos ideológicos y de un horizonte estratégico de lucha, sino en una ardua labor práctico-teórica y teórico-práctica. El quehacer de las organizaciones y líderes no puede seguir amarrada a los temas de moda. Hoy por hoy es necesario prestar atención a varios asuntos, que están enmarcados dentro de la reestructuración del capital y de un modelo de sociedad excluyente para las mayorías, al igual que en la necesaria configuración de un sujeto colectivo de cambio. Esta indiferencia a nombre de unas nuevas posiciones en la estructura del Estado no es saludable en el presente. A diferencia de lo que hace varios años llegué a considerar, no es prudente esperar para trabajar estos pendientes desde arriba. Desde abajo y con los excluidos hay mucho por hacer. Junto a ellos está la fuerza de un proyecto histórico.

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Juan Bermúdez
Estudioso de la pedagogía, la educación, el lenguaje y el discurso; apasionado por la política y los problemas sociales. Ocasionalmente, docente enfocado en los procesos de lectura y escritura, así como en los métodos y las metodologías de la investigación. En los ratos libres, educador popular en comunidades indígenas y campesinas.