19 días de impunidad y contando

Hoy más que nunca hace falta disentir, resistir para existir. Queremos llegar a casa y no olvidar al que jamás volvió, levantamos la voz por ese pueblo valiente que estalló.


Hace 19 días, el 1 de mayo, dos días después del gran estallido social del pueblo colombiano, cansado de los lagartos de la corrupción, del exterminio sistemático de líderes y lideresas sociales, del hambre, del caos de la salud y de la opresión en todas las esferas sociales, la pandemia dio un giro en estas tierras de la cacica Dulima, y no se trataba del colapso del sistema hospitalario ni de la esperada caída del Barretismo en todas sus mutaciones. Ese sábado nefasto, cuarto día de jornadas multitudinarias de protesta social cuando se cantaba “¡A parar para avanzar: viva el Paro Nacional!” y “¡Abajo la Reforma Tributaria!”, un policía disparó en la calle 60 de Ibagué a quema ropa contra Santiago Murillo, un joven estudiante de secundaria de 19 años, quien se encontraba indefenso y a punto de llegar a su casa ubicada a escasas 2 cuadras. Un grupo de jóvenes que se encontraba cerca le brindó auxilio, porque esa noche entre manifestantes había una solidaridad inquebrantable.

El hecho quedó registrado en varios videos que circularon en las redes, además había testigos. Desde entonces, Ibagué no vibra, sangra y será un charco de sangre hasta que se haga justicia. Los demonios verdes no lograron endilgar su delito a los delincuentes que alguien paga para desprestigiar la protesta social. Tampoco esos matarifes llamados en la actualidad de este rodaje fascista: “gentes de bien”, han logrado silenciar la voz insurrecta, porque la digna furia de las juventudes es una avalancha indómita que retumba desde la avenida Santiago Murillo hasta el Machín y el nevado. Durante la siguiente semana, ni los toques de queda del tirano más aborrecido en esta ciudad, ni las cacerías de manifestantes protagonizadas por la brutalidad policial lograron detener la ola de repudio y movilizaciones que aún hoy en el día 19 de paro siguen exigiendo justicia para Santiago con un repertorio diverso de manifestaciones contra la injusticia estatal como: marchas espontáneas, artísticas y de antorchas, conciertos, acciones colectivas simbólicas y de resistencia en la calle 37, en el Parque Murillo Toro, ollas comunitarias, tomas culturales por el desmonte del ESMAD, cierre de vías, rayatones, comparsas, performances, plantones, asambleas populares, encuentro de madres y comadres en parques, marcha carnaval, porque él no murió por los gases vencidos usados por la fuerza desmedida de la policía, ni fue un atraco, a Santiago lo mataron, y fue un policía.

La memoria colectiva insobornable de Ibagué no admite la impunidad, rechaza el abuso policial, la violencia sexual contra las manifestantes, los crímenes de Estado, la desaparición forzada, las capturas arbitrarias, los ataques y persecución a defensores de Derechos Humanos; sigue en pie de lucha y no negocia la vida, como si se atreve un gobernante insensato que prefiere defender las paredes y vidrios de un banco, hacer nuevos pactos con los grandes empresarios de la ciudad y con grupos de ciudadanos manipulables que supuestamente pueden representar a los sectores que se encuentran protestando. Ojalá cada ibaguereño escriba esta historia en su cuerpo, en las paredes de su casa o de su barrio y no se olvide quién dio la orden de militarizar nuestros territorios y tratarnos como enemigos internos, criminalizando nuestro derecho a protestar. Ojalá no se olvide quiénes han abierto las puertas de sus centros comerciales para que sean la guarida de los violadores asesinos.

No recuerdo a qué hora le dispararon a Santiago y a otras dos personas que se encuentran todavía en cuidados intensivos. Junto a Alison y como todas las mujeres víctimas de violencia sexual por parte de las fuerzas represivas del Estado, declaro que nos han manoseado hasta el alma desde siempre, mucho más durante estos días de oposición, pero no tendrán nuestro silencio, porque el 1 de mayo nos dispararon a todas y a todos en el Valle de las Lanzas. Abrí los ojos, me di cuenta que el Matarife siempre estuvo aquí como el dinosaurio del cuento de Monterroso. Se recrudeció esta pesadilla que hemos vivido los de abajo, los del común y corriente desde hace más de medio siglo, la violencia nos tocó en el ombligo de la ciudad, vimos cara a cara con absoluta impotencia lo que han enfrentado líderes sociales, marginadxs, campesinxs e indígenas, las otredades que no cuentan con los privilegios comunicativos y de redes sociales que funcionan en los cascos urbanos.

Recordé a Norma Patricia, a Jhon Salas, a Dylan y a tantos manifestantes que han perdido su vida y también sus ojos en medio de las protestas reprimidas por el impopular ESMAD. Serían más de las 10 de la noche cuando confirmaron desde la Clínica La Nuestra que Santiago había fallecido. Muchos entramos en un estado de shock, lloramos, nos indignamos, nos abrazamos, la ciudad se desdibujó, se apagó su alegría carnavalera, no olía a lechona sino a muerte, debió sentirse adolorida, abrumada y en luto, al menos unos pocos si lo vivieron de ese modo y le hicieron sentidos altares de memoria al joven asesinado, le hicieron murales, discursos, dibujos, carteles y arengas. En la otra orilla de la historia, después de dos toques de queda llegó la fiesta de los poderosos en nombre de la activación económica y de las dinámicas impuestas como siempre por esas gentes de bien que no pueden parar para defender la vida porque eso es de vándalos o de guerrilleros.

El domingo 2 de mayo las madres y muchos inconformes que rechazaron este crimen, se tomaron de manera pacífica el monumento que hace homenaje a “los héroes de la patria” que comanda el gobierno genocida. La acción ocurrió en uno de los barrios más acomodados de la ciudad. No importó el toque de queda, fueron con digna rabia marchando hasta la 60 con quinta y gritaron que Ibagué no vibra, sangra y seguirá sangrando hasta que se investigue y se haga justicia. La multitud grita hoy desde Boquerón hasta el barrio El Salado: Santiago no murió a Santiago lo mataron.

Como un remake de la película La Colonia, algunos recordamos aquellos días de masacres y falsos positivos perpetrados bajo el lema de la Seguridad Democrática. Hoy los alimentos saben a masacre al desayuno y a la hora de la cena, no podemos borrarnos de la mente a las mujeres violadas y abusadas sexualmente durante el paro, a Lucas, a los últimos jóvenes asesinados en contra de todos los protocolos de Derechos Humanos, el genocidio en Cali y quizás viene lo peor, seguimos sometidos a la asistencia militar en Colombia.

Después de todos los videos que alcanzamos a ver antes de ser censurados, sabemos que falta mucho para que cese la horrible noche y tenemos la certeza de que la vida y la libertad se defienden codo a codo sin miedo, con organización social desde cada territorio y con un variado repertorio de acciones que mantengan vivo el fuego crítico de este estallido social en los barrios, en las escuelas, en los parques y en nuestros hogares. Hemos avanzado, han caído algunas cabezas amigas del innombrable, la reforma tributaria y de salud están en picada, quizás caiga la reforma pensional es cierto y es una victoria que nos devuelve la esperanza, pero falta mucho para que caigan las ratas del congreso y del Palacio de Nariño. La desigualdad social aumenta y no es momento de desfallecer.

El saldo de abuso policial y cacería desalmada contra manifestantes indefensos desde el inolvidable 1M de 2021 en Ibagué dejó 1 joven asesinado, 30 víctimas de violencia física, 2 heridos en cuidados intensivos, 15 desaparecidos, unas 56 detenciones irregulares e innumerables atropellos de la fuerza pública contra personas que iban hacia sus casas. Además, los gases de veneno llegaron hasta los conjuntos cerrados y barrios implicados en las persecuciones bestiales. El sábado 1M en el puente de Cajamarca se escucharon 7 disparos contra los manifestantes que lo bloqueaban, mientras en el parque los jóvenes hacían un cacerolazo. La cascada de noticias, los gritos de auxilio, los disparos, se fundieron en nuestro cerebro ¿Quién dio la orden? ¿El alcalde? El graffitti “Nos Están Matando” es una denuncia colectiva contundente que habla no sólo en las paredes de la avenida ferrocarril con calle 28 de Ibagué, sino en varias ciudades. Tenemos más de mil metros de memoria y más de 6.042 motivos para levantar la voz.

Los artistas y gestores culturales que hoy discuten en asamblea sus propias reivindicaciones, marcharon el 7M desde el centro histórico, igual que lo habían hecho el lunes anterior los jóvenes de secundaria hasta la calle 37 con quinta de manera pacífica. No olvidamos que precisamente el 3M había una vez más toque de queda, requisas innecesarias y policías vestidos de civil cerca de la alcaldía porque niños y jóvenes estudiantes de secundaria exigían justicia para Santiago, quizás le recordaron al tirano que también tiene un hijo que podría ser un “vándalo” como sus cómplices han estigmatizado a los protestantes. Este infame nunca les dio la cara ni envió a uno de sus funcionarios a dialogar con los estudiantes protestantes, instaló vallas para bloquear la entrada a su despacho, nunca les pidió perdón o mostró con hechos que va a resarcir el daño causado; por el contrario, envió su helicóptero como muestra de su inamovible postura. Ni siquiera el día del entierro de Santiago el alcalde desmilitarizó la ciudad; en cambio, selló un pacto con sus amigos empresarios como si eso sirviera de algo para aquellas ciudadanías que no cuentan con empleo, casa, educación, salud o una renta básica. Para los invisibles, los que caminan la otra ciudad, los del común y corriente que no se resignan a vivir en una dictadura, es imposible guardar silencio, así como para quienes siguen en Colombia defendiendo la vida digna. Hoy más que nunca hace falta disentir, resistir para existir. Queremos llegar a casa y no olvidar al que jamás volvió, levantamos la voz por ese pueblo valiente que estalló.